Ella.
Esa chica tan típica, tan del montón, que acostumbra a pasar desapercibida. Tan normal, que eso la hacía especial.
Le gustaba pintarse los labios rojos, muy rojos, muy llamativos. Decía que era la parte más bonita de su cuerpo, y nunca pude negárselo. Con una sola sonrisa, conseguía transformar todos los vientos en tempestades, todos los días de invierno en días de playa, y todas mis preocupaciones en polvo.
Sin embargo, ese puesto muchas veces se veía reñido con sus ojos. Marrones, de nuevo tan normales, tan del montón. Tan típicos que parecían únicos. Dicen que los ojos son las ventanas del alma, y estoy seguro de que se inspiraron en ella al decirlo. Bastaba un vistazo a esos pequeños ojos de avellana para saber su estado de ánimo, sus intenciones, sus pensamientos. No necesitaba hablar, sonreía, te miraba y era suficiente. Y entonces no podía pensar en otra cosa que no fuese eso: sus labios o sus ojos.
Pero eso no quitaba que ella no fuese bonita, lo era. Por fuera, no tenía nada que destacase, ni para lo bueno, y mucho menos para lo malo. Cada cosa en su lugar, con el tamaño y la forma exactos para hacerla del montón. Del montón de chicas normales, donde las imperfecciones parecen estar ocultas.
Por dentro era difícil definirla. Tan sincera como vergonzosa, tan simpática como introvertida. Era una de esas pequeñas cajas de sorpresas con un embalaje enorme que te impide imaginar su interior. Y esa era la mejor parte. Ir deslizando las capas de su gruesa armadura, haciéndolas a un lado, dejando escapar esa dulzura tan típica que ya nadie tiene. Era capaz de hacerme creer que yo conseguía desarmarla, cuando ella decía dónde y cómo deshacerse de una nueva capa, volviéndose protagonista de momentos que jamás imaginé que viviría con ella.
Pero su filosofía de vida era así. Siempre dijo que lo único que puedes regalar a todo el mundo, hasta a quien lo tiene todo, son momentos. Llegó a convertirse en una esperta consiguiendo hacerme disfrutar de los mejores. De los más inimaginables. De los más únicos.
Prefería perderme a perderla a ella, porque sabía que si me perdía, siempre me quedarían los momentos juntos. Si la perdía, esos momentos serían como esa herida que jamás se cierra. O que nosotros no dejamos que se cierre.
Sólo sabía que ella era una chica tan normal que no había ninguna como ella.
jueves, 24 de diciembre de 2015
Carta de un enamorado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario