sábado, 3 de enero de 2015

Empezó a quererse.

Aprendió a apreciar los matices. Los distintos tonos de marrón del otoño, o el rosa, amarillo y blanco de la primavera. La luz del verano, en contraposición con la oscuridad del invierno. Pero hasta en esta oscuridad, había color, belleza.
El café de cada mañana ya no era igual, sabía distinto, mejor... Y qué decir de los días que antes parecían eternos e interminables, esos que ahora parecerían tan lejanos. Sus días ahora eran cortos, pasaban como en un suspiro, con el sol siempre brillando, la brisa justa, y los pájaros siempre animados.  
Todo se movía a su ritmo por una vez, controlaba la situación, sin depender de opiniones ajenas, o cualquier impedimento que en algún momento pudiese encontrar.
Ahora era feliz. Y no por cualquier motivo.
No había dejado de fumar. No había encontrado el amor. No había viajado a un paraíso exotico apartado del mundo (aunque le habría gustado). No, nada de eso.
Había empezado a quererse. Había empezado a ver en cada centímetro de ella las cualidades que nunca pensó que existían. Empezó a escuchar su interior antes que las críticas del exterior. Se dio cuenta de lo mucho que valía. Y solo entonces, sin depender de nadie más, fue feliz.